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Santos y difuntos

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El mes de noviembre nos trae a la memoria la celebración de todos los santos y el recuerdo de nuestros hermanos difuntos. El mes de noviembre nos habla del más allá, nos habla del después de la muerte: Y después de la muerte, ¿qué? Hay mucha gente que no quiere hacerse esta pregunta y otros muchos responden en actitud agnóstica: no sé, no sabemos; disfrutemos de la vida presente y olvidemos esos temas. La fe cristiana, sin embargo, nos habla del más allá, diciéndonos que, después de esta vida, hay otra que dura para siempre, que es eterna.

Esa otra vida la ha pensado Dios para nosotros desde toda la eternidad, y nos ha traído a la existencia para hacernos partícipes de esa vida para siempre, junto a él. Después de la muerte, nos espera una vida feliz, cuyo gozo no acabará nunca y llenará en plenitud nuestro corazón a pleno pulmón. El deseo de vivir siempre, siempre, quedará saciado con creces en otra vida que no caduca, en una vida feliz junto a Dios, junto a todos sus santos y junto a nuestros seres queridos que ya están con Dios.

Ahora bien, esa vida que Dios nos tiene preparada como un don suyo, es al mismo tiempo un premio a nuestro buen hacer. Lo que Dios nos quiere dar quiere que lo merezcamos, es decir, que nos capacitemos para recibirlo. Él nunca nos impone nada, respeta nuestra libertad, nos ofrece su vida y nos ayuda a alcanzarla. Alcanzar esa vida y esa felicidad será también fruto de nuestra fidelidad, de nuestra respuesta positiva al don de su amor, de la humildad con que recibamos su misericordia, pues somos pecadores.

Es lo que nos recuerdan los santos. Los ya canonizados y los que no lo están. Todos aquellos que han respondido positivamente al don de Dios, y de pecadores han ido pasando a ser santos; y por eso, la Iglesia nos los propone como ejemplo para nosotros y como valiosos intercesores ante Dios. Pertenecemos a una familia de santos, de todas las épocas, de todas las situaciones de vida, de todos los estilos, de todas las edades y de todos los estados. Ellos nos recuerdan que nuestra vocación es la santidad, sea por el camino que sea. Una familia de santos, eso es la Iglesia en sus mejores hijos que ya están en la gloria del cielo.

Pero sucede también que a ese amor de Dios tan constante y tan hondo, la persona humana tarda en responder o responde según su conveniencia. Y la vida se va pasando, y puede suceder que lleguemos al final de la carrera sin haber cumplido los plazos y las metas establecidas. El que muere en el amor de Dios, sin haberse entregado a él de lleno y sin haber desplegado del todo las capacidades recibidas, tiene que recibir una ducha de amor intenso por parte de Dios, que le despierte, le purifique, le haga reconocer el amor de Dios y le duela no haberle correspondido. Eso es el purgatorio. Un contraste entre el amor de Dios tan grande y nuestra respuesta remolona a ese amor. El purgatorio es una nueva muestra de amor por parte de Dios hacia los morosos. No debemos aspirar nunca al purgatorio, la aspiración debe ser el cielo, la santidad, la respuesta plena al amor recibido. El purgatorio es una situación transitoria, que duele profundamente, al constatar con toda evidencia que el Amor no ha sido amado por mí.

Y cabe –Dios no lo permita- que la persona humana, precisamente porque es libre, dé la espalda a Dios y se obstine en esa postura, incluso ante la muerte. Eso es el infierno: la incapacidad de amar y de ser amado, la soledad más absoluta, apartado de Dios y de todo amor posible. Jesucristo nos habla del infierno en su Evangelio, precisamente como un contraste entre el amor grande Dios y el peligro de perderlo para siempre. No podemos fiarnos de nosotros mismos. Por haber sido creados libres, somos capaces de apartarnos de Dios para siempre. Cuando los santos han “visto” el infierno (Sta. Teresa de Jesús, el santo Cura de Ars, los Niños de Fátima, etc.), han quedado aterrados para toda su vida y han deseado más vivamente la salvación eterna para sí y para los demás. Esa”visión” ha constituido un fuerte estímulo para la santidad.

Que el mes de noviembre nos ayude a pensar en el más allá, a la luz de lo cual hemos de vivir el más acá, pues cada paso que damos en esta vida tiene repercusión de eternidad.

 

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba.

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