Homilía en el Domingo de Resurrección
martes, 10 abril 2012, 14:32, por Obispado de Almería
Cristo ha resucitado y esperamos su gloriosa aparición, cuando la consumación de este mundo mortal sea realidad nueva y nosotros nos hallemos revestidos de gloria. Nunca será poco el peso que demos al mensaje de san Pablo, que nos habla de esta esperanza de gloria. En la carta a los Romanos, el Apóstol nos recuerda que esta esperanza responde a la naturaleza de nuestra salvación, acontecida ya en la historia humana. Dice: “Hemos sido salvados en esperanza” (Rom 8,24), y al afirmar esto está diciendo que aún ha de hacerse realidad en cada uno de nosotros aquello mismo que esperamos y vemos cumplido en Cristo; pues no lo esperaríamos, ciertamente, si Cristo no hubiera resucitado, dándonos el fundamento de la esperanza que tenemos en él. Esto es lo sucedido en la historia de los hombres para que surgiera en sus corazones la esperanza de lo que aún nos aguarda y es la consumación del reino de Dios, que traerá consigo la plenitud de la renovación de la creación. Esta renovación ha comenzado ya a ser realidad en nuestro interior, mediante el perdón de los pecados y el derramamiento del Espíritu Santo en nuestros corazones; lo cual ha sucedido en virtud de la redención acontecida en la cruz de Cristo y en su gloriosa resurrección.
La resurrección de Jesús, en efecto, ha abierto el camino de la gloria, no para distraer a los humanos de las tareas de la tierra, sino para orientar nuestra acción marcándonos claramente la meta. Por eso nos dice el Apóstol: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de allá arriba, no a los de la tierra” (Col 3,1-2). Se trata de orientar la acción terrena hacia la meta del cielo, no de abandonar la acción terrena. La resurrección de Cristo no invita al abandono de las tareas terrenas, sino a supeditar los intereses mundanos en ellas a los intereses definitivos, haciendo de la voluntad de Dios criterio de una existencia verdaderamente renovada, que suplicamos cada vez que rezamos el Padre nuestra y decimos: “Venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo” (Mt 6,10).
Aspirar a ver realizado el reino de Dios es aspirar a que todo se ordene a él en tanto llega a ser realidad consumada, porque este reino está ya operativo en nosotros. No son los deseos mundanos y los egoísmos terrenos lo que nos orienta al reino de Dios, sino lo que nos aparta de él. Todo cuanto es contrario a los valores del reino de Dios, que ha irrumpido con la resurrección de Cristo, arrastra al hombre y a su mundo hacia el abismo de la muerte; por eso, san Pablo pide a los Colosenses aquella coherencia de comportamiento que manifieste la nueva vida en Cristo. Dice: “Por tanto, mortificad cuanto en vosotros es terreno: fornicación, impureza, pasiones, malos deseos y la codicia, que es idolatría, todo lo cual atrae la ira de Dios sobre los rebeldes” (Col 3,5-6).
La exhortación del Apóstol tiene presente las promesas bautismales, que nosotros hemos renovado en la vigilia de esta noche santa de la Pascua. Nuestra renovación bautismal se ha unido a la iniciación cristiana de los catecúmenos que en esta noche se han convertido en nuevos cristianos, neófitos, plantas nuevas de la Iglesia para dar testimonio de cuanto han visto y de cómo han creído en la gloria de Cristo, que ahora también ellos esperan con nosotros alcanzar. El agua que ha sido derramada sobre nuestras cabezas evoca el bautismo por el cual renunciamos a una vida sin Dios y alejada de Cristo, de la cual san Pablo nos exhorta a salir abandonando el pecado y una vida sin virtudes ni disciplina cristiana. Así, a los Colosenses les pide que dejen toda “cólera, ira, maldad, maledicencia y obscenidades” (Col 3,8), cosas que desdicen de una vida santa y que, en consecuencia, no han de estar en la boca de los cristianos, siempre alejados de la mentira y listos para ser revestidos “del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador” (Col 3,10).
La fe en Cristo suprime toda diferencia de etnia, clase y cultura, toda diferencia de procedencia, para dar a todos el trato común de la fraternidad, fruto de la común filiación divina que Dios nos ha concedido por Cristo. Esta universalidad de la fe se manifiesta en el singular avance de la Iglesia año tras año en todo el mundo, incorporando nuevos miembros que vienen a la Iglesia procedentes de todas las naciones. Damos gracias a Dios por los muchos africanos que en estos años han venido a nosotros y han aceptado a Cristo, confesando su nombre e integrándose en la santa Iglesia. Algunos de los estos hermanos nuestros he bautizado anoche en la Vigilia pascual, y a otros los bautizaré en estas semanas pascuales. Oremos por ellos y por todos los que en este tiempo santo de la Pascua reciben el bautismo y por todos los demás que van recibir los sacramentos de la iniciación cristiana, para que por su incorporación a la Iglesia, se haga más fuerte y convincente el testimonio de Cristo ante el mundo.
Nos alegramos con la Virgen María, que recobra con el corazón lleno de gozo el Hijo amado, pues él nos ha confiado a su maternal intercesión y cuidado. Pidamos que nos ayude a llevar a la sociedad tan secularizada de nuestros días el mensaje de la Pascua, que orienta nuestras acciones y da sentido a nuestra vida, mostrándonos la meta de nuestra esperanza.
S.A.I. Catedral de la Encarnación
Domingo de Resurrección
8 de abril de 2012
+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería
